viernes, 11 de mayo de 2007

Una porcion de historia de Gelves


Nació en Gelves (Sevilla), hijo del matador Fernando Gómez, “Gallo”, y de la bailaora Gabriela Ortega, es decir, de la dinastía “Gallo”, nombre familiar que también se le aplica y le llega en la forma de “Gallito”. Era nieto, hijo y hermano de toreros, era hermoso y tenía el don de la sabiduría como ningún torero lo ha tenido; porque lo que otros conseguían después de un duro y largo aprendizaje, él ya lo tenía desde chico, aprendido de sus hermanos Rafael y Fernando que le transmitieron todo el conocimiento que su tío José Gómez aprendió de “Lagartijo”.

Desde los ocho años acompañó a su hermano Rafael por tentaderos y capeas y ya llevaba la coleta, distintivo adorno capilar de los toreros clásicos. En 1908, se vistió por primera vez de luces en Jerez de la Frontera, y ante el tamaño del segundo novillo, el público se opuso a que un chiquillo de doce años lo matara; se cuenta que “Joselito” lloró de rabia.

Tras varios años de torear por toda España afianzándose en sus cualidades lidiadoras se presentó en Madrid, el 13 de junio de 1912, matando él solo una corrida entera y consiguiendo un triunfo que desbordó todas las previsiones. Fue un año glorioso que concluyó con su alternativa en la Maestranza de Sevilla, el 28 de septiembre, de manos de su hermano Rafael y con toros de Moreno Santamaría, y la confirmación en Madrid, de nuevo Rafael como padrino, y Vicente Pastor como testigo, el cual además cedió los trastos de torear a otro toricantano (aspirante), Manuel Martín Vázquez; los ocho toros fueron de Veragua.

Dominaba todas las suertes (sólo el mexicano Rodolfo Gaona podía igualársele y aún lo superaba en elegancia, pero le faltaba la voluntad), era la ciencia hecha torero y la fama lo proclamó desde sus comienzos.

Obsesionado con la perfección, se preparaba concienzudamente antes de la temporada, dirigía la lidia con precisión y autoridad, y reunió la cuadrilla más eficaz y disciplinada nunca vista. Llevaba en ella a su hermano Fernando, el único de quien admitía consejos, quizá el más imaginativo y sabio de la casa, más en calidad de asesor técnico que de torero.

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